
Ayer me pasó algo increíble.
Estaba yo trabajando a las 19:40 cuando me interrumpe la llamada nerviosa de un amigo:
—Necesito que me hagas un favor muy grande-.
—Dime, le contesté.
—Tengo un sobrinito de cinco años con una leucemia terminal. Está en las últimas. Resulta que ayer vinieron unos payasos al hospital, pero él no pudo verlos y se ha quedado desconsolado. Lleva todo el día preguntando si van a volver. Tiene que ser ahora, porque el médico ha dicho que probablemente no pase de esta noche. ¿Tú podrías…?.
Él sabía que yo había hecho algo de teatro y por eso acudía a mí como último recurso.
Dije que sí —¿cómo podía negarme?—. Cogí una nariz roja, lo único auténtico, unas témperas para maquillarme y la ropa más estrafalaria que encontré. A las 8:15 estaba en el hospital. Me cambié en un pasillo (menos mal que no había nadie), me pinté frente al reflejo de una ventana y me lancé.
Humbertito tenía respiración asistida y le habían puesto morfina. A pesar de ello me reconoció —reconoció mi oficio—. Hice… lo que pude.
A las 9 se durmió y me despedía de unos padres admirables. Le prometí volver al día siguiente.
A las dos horas falleció. Se marchó al cielo como un cohete.
Hace 20 años tuve la suerte increíble de actuar frente a Juan Pablo II junto a un conocido payaso. Yo la tenía por mi mejor actuación (¡qué momento!). Después he hecho muchas cosas, pero ninguna como aquella. Ayer tuve mi segunda actuación estelar. La pedí a Juan Pablo II que cuando llegara Humbertito le diera un abrazo muy fuerte.
Tengo otro amigo en el Cielo.
27.III.08
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