Hola, soy Carlos Alberto de 1º BACH. Espero que os gusten los cuentos que he escrito a lo largo de mi paso por 3º y 4º de la ESO, otro día publicaré los de 1º y 2º de la ESO. Tal vez no son los mejores, pero me he divertido escribiéndolos y alguno que otro ha ganado algún premio "sin importancia". Disfrutadlos y si alguno de los que los lea tiene esa vena literaria y quiere poner sus cuentos aquí, que me avise.
Viviendo en la lectura (3º ESO)
Empecé a dejar las cosas en la mesa y me preparé para lo que me esperaba. Tocaba lengua a primera hora y la profesora nos había dicho el día anterior que, para fomentar la lectura, íbamos a leer una novela muy conocida: una de las de Harry Potter. No me gustaba la clase de lengua y, por supuesto, tampoco la lectura. Cuando vi el gran “tocho” de libro que me dieron, me desanimé aún más. Había pensado que lo de leer tal libro era una broma de la profesora, pero cuando mandó a toda la clase a leer el primer capítulo, me di cuenta de que iba en serio y no tuve más remedio que resignarme y hacer lo que ella decía.
“El día más caluroso en lo que iba de verano llegaba a su fin, y un silencio amodorrante se extendía sobre las grandes y cuadradas casas de Privet Drive.”Comencé a leer poco a poco y a regañadientes, pero a medida que avanzaba en la lectura, casi sin darme cuenta, me iba metiendo en la historia y, aunque me parecía increíble, seguí leyendo ávidamente dejando volar mi imaginación.
Estaba en medio de una calle de un vecindario muy bonito pero parecía que sus jardines y sus coches no se habían regado ni limpiado en días. En la calle no había ni una persona, salvo un adolescente que se refugiaba del sol bajo la sombra de una cerca.
Me dirigí hacia allí, principalmente, porque no sabía qué hacer y porque ese maldito sol me estaba matando. Cuando estuve cerca de él, aunque no parecía que me hubiese visto, le dije:
- ¿Me podrías decir dónde estoy?
El chico pegó un bote y me miró.
- Estás en el vecindario más aburrido de todo Londres que, para los que no viven aquí, es más conocido como Privet Drive. Y justo has venido a la casa de los horrores, el número 4.
- ¿Qué tiene de especial esta casa?
- Nada, sólo que viven mis tíos. Si miras por la ventana verás como una especie de pelota está viendo la tele, ése es mi tío. Y si vas a la ventana de la cocina verás a mi tía, o mejor dicho, ella te verá primero y te hará miles de preguntas porque es la mujer más chismosa de todo Privet Drive. Sólo falta el “pequeñito” Dudley, que estará por ahí pegando a niños más pequeños que él.
- Menuda familia tienes- dije en tono sarcástico- y tú, ¿cómo te llamas?
- Harry Potter, ¿y tú?
- Enrique, pero prefiero que me llames Quique.
- Vamos a hablar a otro lugar. Tía Petunia, además de tener un cuello como una jirafa, tiene un oído muy fino.
Nos fuimos hacia un parque cercano donde me contó algunas cosas. Era huérfano y tenía quince años. La única familia que le quedaba eran sus tíos y, por eso, vivía con ellos, aunque éstos le odiaban. Mientras caminábamos por el parque nos encontramos con un hombre vestido con una capa totalmente negra y parecía que nos estaba esperando. Harry, cuando lo vio, se puso muy serio, dejó de prestarme atención y me hizo una seña para que me apartara. Ambos sacaron un palo y se miraron como desafiándose, por lo menos Harry, el otro tenía una máscara o lgo po el estilo que no le dejaba ver el rostro. El hombre movió su mano de manera extraña y, desde su palo, salió como una luz roja en dirección a Harry, él hizo lo mismo, sólo que en vez de la luz roja, le rodeó una luz blanca que hizo rebotar la roja y ésta impactó con un banco, que se convirtió en ceniza. Al principio no sabía qué hacer, pero cuando me di cuenta de que era como una pelea a vida o muerte, preferí ayudar tirando una piedra contra el encapuchado. Éste no se había dado cuenta y le golpeó en la cabeza distrayendo su atención de Harry, quien no desaprovechó la oportunidad, le mandó un rayo de luz rojo y lo dejó inconsciente.
- Gracias por la ayuda –dijo Harry.
- De nada, pero ¿podrías explicarme qué significa todo esto?
- Más tarde. Lo primero que hay que hacer es volver a la casa de mis tíos, llamar a unos amigos míos para que nos saquen de aquí antes de que éste se despierte y pida refuerzos. Estamos en peligro.
No tardamos nada en llegar a la casa. Entramos y yo subí a su habitación, que estaba en la segunda planta. Al rato vino él.
- No tardarán en llegar. Y mis tíos ni se han enterado de que has entrado, por si te estabas preocupando.
Empezó a preparar la maleta. Metió libros, ropa, plumas y cuando estuvo llena ató encima una jaula en la que había una lechuza. Cuando terminó se sentó a esperar y parecía que no iba a bajar las maletas a la calle. La curiosidad me superó y pregunté:
- ¿No bajas las maletas?
- No vamos a ir por tierra. ¡Ah!, por ahí vienen mis amigos.
Miré por la ventana y me asusté cuando vi un coche suspendido en el aire con cuatro personas dentro. Harry subió y, dirigiéndose a los del coche, dijo:
- Él también viene- se volvió hacia mí y añadió- Tranquilo, es seguro.
Confié en él y me subí. Me senté entre una chica y un chico que tendrían más o menos la misma edad que Harry. En la parte trasera estábamos Harry; la chica, llamada Hermine; el chico, llamado Ron; y yo. Delante, los dos hermanos mayores de Ron, Fred y Georges, que eran gemelos. Mientras viajábamos, entre todos me explicaron que existían los magos y que el que nos había atacado a Harry y a mí, era un mortífago. Los mortífagos son los sirvientes del peor enemigo de Harry, lord Voldemort.
- ¿Pero qué he hecho para merecer esto?, sólo quería hablar con alguien y ahora estoy en peligro de muerte.- dije yo.
- Deberíamos ir al colegio Hogwards para hablar con Dumbledore, él es el único mago que puede protegernos y, además, el colegio es el lugar más seguro.- sugirió Hermione.
- Tienes razón- dijo Harry- Fred, ya sabes a dónde ir.
No tardamos mucho en llegar aunque el coche, como era viejo, nos dio algún que otro susto. Aterrizamos en el patio exterior de un castillo muy grande, antiguo y bonito. Cuando salimos vimos que en la entrada nos estaba esperando un anciano que debía ser el tal Dumbledore. Nos dirigimos hacia él y le contamos rápidamente lo que sucedía.
- Qué podemos hacer Dumbledore- dijo Ron.
- De momento, esperar a que vengan- dijo éste- y defendernos lo mejor que podamos, porque el Ministerio de Magia no nos haría caso y tendríamos dos fuerzas contra nosotros. Contamos con la ayuda de los profesores y de algunos alumnos, que espero que sean suficientes para intimidar a los mortífagos.
- ¿Y yo qué puedo hacer?- dije.
- Tú nada, porque, dado que no posees ningún talento mágico, serías más un estorbo que una ayuda.
Empezaron a preparar el castillo para cuando fuera el ataque. Los alumnos de los cursos superiores que se quisieran quedar defenderían el castillo, el resto volvería a sus respectivas casas. Me sentía como un inútil, porque hasta ayudar en la enfermería requería la magia de la que carecía. Aunque intentaba ayudar reforzando la puerta principal, las secundarias y transportando material, me seguía sintiendo mal porque, en el momento del ataque, habría gente que moriría defendiéndome mientras yo estaría escondido en algún lugar lejos de cualquier peligro.
Al tercer día de mi estancia sonó la señal de alarma y todo el mundo se preparó para la batalla. Dumbledore me llamó y me llevó a las mazmorras del castillo, abrió un pasadizo secreto y me dijo:
- Este pasadizo lleva hasta una antigua armería en ruinas, donde nadie te podrá ver. Síguelo y no vuelvas atrás.
Hice lo que me mandó y en poco tiempo llegué a la armería. Aunque estaba en ruinas, aún había armas bien conservadas. Cuando salí, miré hacia donde estaba el castillo. A una distancia prudencial había muchas figuras encapuchadas preparándose para atacarlo. Me quedé un rato mirando impotente y tomé una decisión, cogí la mejor espada, escudo y arco que encontré en la armería y volví por el pasadizo. Como no lo podía defender como mago, lo defendería como pudiera.
Cuando llegué al castillo ya había empezado el ataque. Me dirigí hacia la puerta principal, donde se encontraban la mayoría de los profesores, porque allí sería donde tendría lugar la batalla más dura. La puerta estaba a punto de caer, ya tenía varios huecos de los impactos de esas luces, según los magos, hechizos. No aguantó más, casi cae sobre nosotros, y empezaron a entrar los encapuchados. Los profesores lanzaron una andanada de hechizos que hicieron que la primera línea cayera, pero no pudieron con la segunda, que ya había pasado la puerta. Ataqué en ese momento para que los profesores tuvieran tiempo de recuperarse. El que estaba entrando no se había percatado de mi presencia y no pudo esquivar el mandoble, el siguiente ya me había visto. Lanzó un hechizo verde casi a quemarropa que paré con el escudo. El hechizo rebotó y le dio a mi atacante, que cayó muerto en el suelo. La carga enemiga ya había perdido su empuje y, cuando vieron caer a su amigo de esa forma, empezaron a huir desordenadamente. Los que quedábamos empezamos a disparar a discreción y se nos unieron los de arriba, ellos con sus hechizos y yo con mis flechas. Cayeron muchos y empezamos a creer que habíamos ganado. Harry, Ron, y Hermione fueron a felicitarme, pero al ver a una figura que se aproximaba a la puerta retrocedieron.
- ¡Quique, corre!- dijo Ron.
- ¡Quietos!- dijo la figura moviendo la varita.
Se quedaron quietos, pensé que sería algún tipo de hechizo. No huí, le planté cara porque suponía quién era y qué haría si entraba al colegio. Para ganar tiempo le pregunté para aclarar mis dudas:
- ¿Quién eres?
- Soy lord Voldemort y te aconsejo que te apartes, para que vivas dos o tres segundos más. No te interpongas entre Harry y yo.
- Sobre mi cadáver
- Está bien
Lanzó uno de esos hechizos verdes, que paré con mi escudo, pero esta vez salí despedido y el hechizo no rebotó. Se acercó hacia mi cuerpo que parecía inerte.
- ¡Ningún mago puede matarme, mequetrefe!- dijo él.
Me levanté y le clavé la espada en toda la barriga.
- Yo no soy mago- respondí.
Cuando todo el mundo vio como caía me cogieron en volandas gritando:
- ¡Quique, Quique, Quique...!
- ¡Quiiiiiiiiiiiiiqueeeeeeeeeee!
- ¿Qué?- respondí sobresaltado.
- Haz el favor de atender a la clase y deja de estar en las nubes- dijo la profesora Inés-. A veces me gustaría saber en qué mundo vives.
- En Hogwards, profesora, en Hogwards
Este cuento fue escrito para el Concurso Literario del Teobaldo Power 2005-2006 de Navidad, llevándose un primer premio.
Playa Pirata (3ºESO)
¡Catapum! Retumbó un golpe en el barranco, seguido de unas carcajadas en el camino que lleva desde la montaña a Playa Pirata. En el suelo se encontraba un chico bajo, delgado y mal peinado al que sus compañeros apreciaban, pero del que se burlaban por su tendencia a tropezar por donde va. Mientras se levantaba escuchó la sarcástica voz de su amigo Álvaro.
-Iñaki, tengo una duda, ¿cómo puedes tropezar en un camino llano y sin piedras?
-Deja al pobre –lo defendió David-. Es un poco patoso.
-Pues sujetadlo mientras vamos por aquí, porque el que se caiga lo va a pasar bastante mal –informó José, que se había adelantado para ver el camino que seguía y, en verdad, era muy peligroso porque había mucha altura y si tropezabas te podías hacer daño mientras caías. José era un chico alto, rubio y guapo; pero algo miedica.
-Venga, te llevo la mochila y el saco para que no te desequilibres –dijo Carlos, que era un chico muy amable, le gustaba ayudar a los demás y gastar bromas- ¿Por qué siempre termino como un mulo de carga?
El viaje hasta la playa continuó casi sin incidentes, sólo un pequeño baño en un charco por parte de Álvaro al confundirlo con una zona de maleza. Cuando llegaron a la playa estaban un poco cansados, por lo que se dirigieron hacia la zona de acampada, montaron las tiendas y se sentaron alrededor de una fogata para charlar un rato. Hablaron mucho tiempo hasta que salió un tema en concreto:
-Oye Carlos, ¿por qué esta playa se llama “Playa Pirata”?, ¿la llamaron así por ponerle un nombre? –dijo Iñaki.
-No, tiene una razón. Dicen que hace tiempo un pirata solía desembarcar aquí para dejar su botín. De hecho, ¿ves esa cueva? –dijo Carlos mientras Iñaki miraba y asentía- pues allí ocultaba su tesoro. Muchas personas han intentado encontrarlo, pero no han podido y siempre, que lo han intentado, se ha perdido alguien de manera misteriosa. Dicen también que la última vez que vino a esconder su botín lo estaban persiguiendo y lo mataron dentro de la cueva. Eso ocurrió en el siglo XVI y cuenta la leyenda que su alma sigue custodiando su tesoro, por eso nadie ha conseguido llevárselo y, al que lo intenta, lo captura.
Esto, más que inquietar a los chicos, los animó a ir hacia la cueva y fueron justo cuando terminó de hablar Carlos, olvidando el cansancio y las agujetas de tan agotador día. Carlos y David se quedaron en la playa, porque estaban muy cansados, mientras los otros entraron a la cueva.
Al principio no sintieron mucho miedo e iban ilusionados con la idea de encontrar cofres llenos de oro, montañas de doblones y algún que otro esqueleto de algún viejo pirata; pero todo esto cambió cuando, después de estar caminando durante mucho tiempo, de dejar de ver la luz de la luna y quedarse en una penumbra total, no encontraron nada y se inquietaron un poco.
-¿Veis algo? –preguntó Álvaro.
-No, está todo oscuro –respondieron los demás
-Habéis profanado mi santuario –dijo una voz fría y casi fantasmal-. Merecéis morir.
Los chicos ni se movieron por el impacto que les hizo sentir esa voz. No querían ni respirar para no dar pistas de su paradero. Estaban tensos, a la espera de algún ruido que significara un ataque. Sopló un poco de viento, que allí dentro y en esas circunstancias les pareció gélido, aunque era verano y se movió una tela de araña y ésta tocó el codo de José, que no pudo evitar salir corriendo despavorido y gritando, perdiéndose en la oscuridad. En ese momento se oyó la señal de la que habían estado expectantes: unos pasos pesados que se dirigían hacia ellos. El miedo superó a los otros dos muchachos y salieron corriendo para alejarse de esos pasos. Vieron la salida de la cueva y corrieron como alma que lleva el diablo. Estaban justo en la entrada, les faltaban unos metros: ¡Catapum!
Iñaki, que a la hora de huir era el más rápido, había chocado contra una figura enorme que se alzaba delante de él. Intentó escapar, pero ya lo había cogido por el cuello.
-¿Tan feo soy? –dijo una voz que les llenó de alivio.
-Carlos, en esa cueva hay algo muy extraño... –dijo Álvaro, pero se paró al ver que su amigo se estaba partiendo de risa.
-¿No me digas que te has creído esa historia que me inventé?. Esa cosa extraña fue David gastándoles una broma... Y vaya si lo ha conseguido –y, adoptando un tono más serio, prosiguió- A propósito, ¿dónde está...?
-¡Ah!, ¡Carlos!. Ya te han visto, ¿no?. No me has dejado tiempo para preparar la broma –dijo David que venía de la zona de acampada.
-Pero, ¿no estabas dentro? –preguntó Carlos perplejo.
Un silencio sepulcral dominó por un momento la estampa en la que todos escudriñaban la cueva intentando encontrar algo hasta que Carlos, con un hilo de voz, se atrevió a preguntar:
-¿Dónde está José?
Ninguno podía retirar de su mente las palabras de Carlos sobre las personas que habían entrado a la cueva y no habían regresado, aunque él había asegurado que se había inventado la historia.
Pasaron unos minutos en los que ninguno pudo articular palabra y el silencio se hacía cada vez más agobiante. Todos se miraban sin saber qué decir ni qué hacer. De pronto se oye un fuerte estruendo que procede del interior de la cueva, por lo que se alejan corriendo hacia sus tiendas. Pero un ruido hizo que David se volviera:
-¡Chicos, es José!
Pararon en seco y dieron la vuelta expectantes. Efectivamente, en la entrada de la cueva estaba José sucio y mojado y con una expresión de pavor en su cara. Se acercaron para preguntarle qué había pasado y si estaba bien.
José estaba temblando. Su cuerpo estaba cubierto de barro y se podían observar arañazos y magulladuras en sus brazos y piernas por varias caídas que había sufrido al huir. Su mirada mostraba el miedo que había vivido dentro de la cueva.
-¿Qué pasó? –preguntaron.
-Hay un borracho.
Este cuento fue escrito para el Concurso Literario del Teobaldo Power 2005 de Semana Santa, llevándose un primer premio.
Las Navas de Tolosa (4º ESO)
Ésta batalla se desarrolló en el siglo XIII (16 de julio de 1212) entre musulmanes y cristianos. Los datos históricos son exactos, pero el desarrollo de la batalla es totalmente original, pero he incluido la leyenda de la visión de Santiago Apóstol.
Esa mañana parecía que el frío quería congelar vivas a todas las personas que nos habíamos presentado en este montañoso campo de batalla y, además, nuestros soldados se estaban desconcertando al ver el gran tamaño de las tropas enemigas, aunque la espesa niebla sólo les permitía ver una pequeña parte de ellas. Nuestro ejército estaba cansado por la derrota en Alarcos, pero decididos en luchar contra el líder almohade Muhammad al-Nasir en las Navas de Tolosa. Nuestro número de soldados se había visto reducido por la retirada de los cruzados porque yo, Alfonso VIII rey de Castilla, les había negado el poder saquear los pueblos que liberábamos del yugo almohade.
Conmigo también estaban los reyes Pedro II de Aragón y Sancho VII de Navarra y estábamos discutiendo cómo librar la batalla.
- Lo siento Sancho, pero creo que tu plan es muy arriesgado.- dije yo.
- ¡Vamos!, el Miramamolín es apenas un niño, no sabrá ni defenderse de nuestra carga directa de caballería pesada.- me respondió.
- Cierto, pero te olvidas de que sus tropas son el doble que las nuestras y, además, arriesgaríamos el grueso de nuestro ejército.- señaló Pedro- Un ataque frontal no es la solución, hay que usar la astucia. Además, se llama Muhammad.
- Como sea.- respondió Sancho con desdén.
- Disculpen majestades.- interrumpió una voz.
Nos volvimos. El que había hablado era uno de los obispos que nos había acompañado a la batalla y detrás de él estaba un campesino asustado de estar en nuestra presencia, aunque decidido a contarnos algo.
- Este es Santiago. Conoce la zona y sabe donde está colocado el enemigo.
Santiago avanzó unos tímidos pasos hasta nosotros. Empezó a hablar con una voz tímida, pero tranquila.
- Altezas. No soy más que un humilde pastor que no conoce nada de la guerra, pero les voy a ayudar. El ejército que tienen delante está colocado especialmente para que cuando pasen por entre las montañas les caiga una lluvia de flechas desde éstas...
- ¡Pardiez!. Y encima sólo tenemos este paso.- interrumpió Sancho.
- De eso precisamente les quería hablar,- se atrevió a interrumpir Santiago- conozco un paso a través de las montañas que les permitirá atacarles por sorpresa. Les llevará a la llanura que hay detrás de las montañas.
- ¡Pero, nos verán enseguida!, ¡estaremos al descubierto!- replicó Pedro.
- No, porque si el viento sigue así, la niebla estará tapando la llanura en vez de ésta parte.
- Santiago, que Dios bendiga el momento en que nació, pues nos ha hecho un gran favor.- dije con total sinceridad.
Quedamos en que Pedro y yo nos quedaríamos donde estábamos para, que los almohades no sospecharan nada, y que Sancho con parte de la caballería los rodeara por el paso. Hecho esto preparé a mis tropas para la batalla. Nos arrodillamos en el suelo mientras los obispos y sacerdotes nos bendecían y mientras pedía a Dios que nos ayudase en ésta batalla.
Pasadas unas horas, tal y como dijo Santiago, la niebla se disipó y pudimos ver el tamaño del ejército enemigo al fondo de las montañas. Ciertamente eran el doble que nosotros.
Tanto nosotros como ellos nos habíamos colocado de la forma clásica: infantería en vanguardia, la caballería en el medio y los arqueros el la retaguardia. Ordené que los arqueros se pusiesen en vanguardia y que la infantería avanzara, pero ésta tendría que escalar las montañas para librarnos de los arqueros enemigos. El plan fue a pedir de boca, pues los arqueros se sintieron acorralados y huyeron desordenadamente y mandé a mis arqueros que dispararan sobre ellos, con lo que les producimos una buena cantidad de bajas sin tan solo haber perdido ni un hombre. Dado el éxito de esta primera escaramuza, los almohades cambiaron su formación. Su infantería tomó posiciones en línea, lo que ocultaba el movimiento del resto de sus tropas, pero ya me parecían muchos rodeos y ordené a la infantería una carga total sobre el enemigo. Los arqueros los apoyaron con tres descargas de flechas sobre las primeras líneas enemigas y luego la infantería cargó con brutalidad sobre lo que les quedaba de infantería.
- Se nos tiene que dar muy mal para perder ahora.- me dijo con una sonrisa Pedro.
- No cantes victoria aún.- le respondí, aunque yo también estaba empezando a contar con la victoria.
Como si mis palabras se hubiesen vuelto contra mí, vi cómo a mi infantería le ocurría algo. La trampa almohade se había destapado y lo que parecía una infantería maltrecha se convirtió en un cuerpo de infantería de refresco que luchaba totalmente descansada contra otro que ya estaba cansado de tanta carrera por el campo de batalla.
- ¡No me lo puedo creer, han rechazado nuestro ataque!¡Han dejado que ataquemos a unos reclutas para que la verdadera infantería acabara con nosotros!- dijo Pedro incrédulo.
- ¡Caballería, vamos a ayudar a nuestros compañeros!- dije mientras me ajustaba bien el casco y me lanzaba al galope.- Dios Padre, por favor, ¡ayúdanos!
Como si de una visión se tratase, vi como delante de mi apareció de la nada Santiago montado en un caballo con un estandarte, y mayor fue mi sorpresa cuando vi que en su cabeza había una aureola. Supe enseguida quien era y me llenó de fuerzas.
- ¡Vamos, el apóstol Santiago nos ayudará en la batalla!
En choque fue brutal. La infantería enemiga huyó despavorida de capacidad de destrucción de nuestra caballería, pero nos encontramos con lo difícil. La guardia personal de Muhammad nos esperaba tranquilamente y empezó en un trote progresivo que terminó en un galope que hacía retumbar el suelo. Cuando rompí mi lanza contra el primer soldado que me encontré, apenas tuve tiempo de poner el escudo para protegerme de un segundo enemigo que casi me atraviesa con su lanza. Empecé una encarnizada lucha contra mi adversario que era un gran espadachín. Gracias a que mi espada era más larga pude frenar las furiosas envestidas de su poderosa cimitarra, pero en un golpe afortunado lo pude tirar del caballo. Sin tiempo a dejarme respirar, me atacó otro soldado, aunque era menos habilidoso y no me duró mucho, pero de repente sentí una punzada de dolor en un costado. El soldado que había tirado del caballo me había clavado una lanza, pero aproveché que estaba desarmado para matarlo. Me estaba desesperando, nuestra caballería estaba siendo derrotada por la guardia de Muhammad y veía perdida toda esperanza.
- ¿Me echabais de menos?- dijo una voz conocida.
Sancho apareció de detrás de la niebla junto con el resto de la caballería y deshizo las esperanzas de victoria almohades. En esos momentos se oyó unos gritos en árabe y lo que quedaba del ejército almohade huyó desordenadamente tras unos jinetes que se iban a lo lejos.
Cuando descansamos un poco después de la batalla le dije a Sancho:
-¿Por qué tardasteis tanto?, estuvimos a punto de perder la batalla.
- Los jinetes que vimos a lo lejos eran el Miramamolín y sus generales huyendo como cobardes de la batalla. Cuando veníamos para aquí nos los encontramos de frente y su guardia nos entretuvo lo justo para que se nos escaparan. Pero te quiero comentar algo. Creo que hoy hubo una fuerza extraña ayudándonos en la batalla.
- Créeme rey Sancho, yo también
Esta batalla de la Reconquista decidió la historia de España, pues dejó a los musulmanes sin una gran fuerza militar (perdieron unos 150000 soldados), por lo que se pudo recuperar gran parte del centro y el sur de la Península Ibérica. Con respecto a la visión del apóstol Santiago por parte del rey Alfonso VIII, no es un hecho históricamente verificado, pero lo he incluido por ser parte de la leyenda de la batalla.
Este cuento participó en el Concurso Literario de Teobaldo Power 2005-2006 de Semana Santa. No obtuvo premio.
Sentir y hacer sentir (4º ESO)
I
Estaba en el estudio de mi maestro, una habitación grandiosa llena de estanterías y muebles de madera hechos por expertos artesanos. En las estanterías había cientos de libros con las anotaciones sobre sus trabajos y los de sus colegas de profesión. Este lugar era muy entrañable para mí desde hacía tres años. Hoy había venido a pagar una apuesta que había hecho con mi maestro precisamente tres años atrás.
II
Normalmente, si no estaba de viaje, se pasaba las horas en ese estudio mirando por la ventana hacia los grandes bosques alemanes que tanto le gustaban y que, si le sobraba el tiempo, solía visitar con alguno de sus cuantiosos hijos o conmigo, su alumno predilecto. Quizás este paisaje le inspiraba sus más hermosas melodías.
Mi nombre carece de importancia, sólo he de decir que este señor me ha hecho ver la grandiosidad de la música. Es un gran compositor conocido en toda Europa, al que tuve la suerte de conocer cuando se presentó al príncipe Leopold de Anhalt-Köthen como maestro de capilla y compositor de la corte. Yo en aquel momento ocupaba un cargo sin importancia en la corte alemana. Mis conocimientos musicales no eran muchos, pero siempre había admirado al maestro y conocía a la perfección toda su obra.
Impresionó a todos por su maestría al componer, pero no podía mostrar todo su talento por una razón, el príncipe. Desgraciadamente, en los últimos años ha habido algunas confrontaciones entre luteranos y calvinistas que ha dividido a los alemanes. A los luteranos, el caso de mi maestro, les gustan las composiciones sacras; mientras que el príncipe, que es calvinista, prefiere que las composiciones sean profanas y más austeras.
Esto ha sido uno de los quebraderos de cabeza de mi maestro. Durante éstos años, como jefe de capilla, tiene que organizar numerosos conciertos y componer diferentes obras para cada uno de ellos. Era difícil trabajar sin descanso para tener listas las composiciones para cada uno de los eventos musicales que le encargaba el príncipe Leopold. A esto hay que añadir la dificultad que suponía el tener que adaptarse a los gustos calvinistas de Leopold. El genio creador tenía que someterse irremediablemente a los gustos del mecenas. Muchas veces lo vi trabajar hasta altas horas de la madrugada ¿Valía la pena tanto esfuerzo?¿Estaba el maestro satisfecho de este trabajo? Este fue uno de los motivos por los que me decidí a hablar con él, pues me preguntaba cómo puede una persona vivir en un estado de esclavitud y no quejarse.
Recuerdo ese día como si fuese ayer: me dirigí nervioso a su casa, que en esos momentos, no estaba del todo amueblada y su biblioteca no tenía ni la mitad de los ejemplares que tiene ahora. Su mujer me invitó a pasar al despacho. Él estaba absorto mirando por la ventana y yo me quedé un momento paralizado ante la admiración y el profundo respeto que sentía hacia él. Cuando me senté en una silla que había delante de su escritorio, me dijo:
- ¿Qué encargo tiene el príncipe para mí?- dijo aún absorto en la ventana.
- No vengo por encargo del príncipe, – dije incomodado ante la pregunta del compositor – sólo he venido para hablar con usted.
- ¿Sobre qué? – dijo volviéndose hacia mí.
- No sé cómo expresarlo... – dije con miedo de causarle una mala impresión con alguna de mis preguntas.
- ¡Vamos hombre! – dijo irónicamente con una sonrisa en los labios al darse cuenta de mis apuros. – Mientras no me insulte no le echaré a los perros.
Me sorprendió su carácter. Su cara hace pensar que es una persona muy seria y con mucho carácter, al que se le puede enfadar con facilidad; sin embargo, es una persona que tiene un gran sentido del humor y que puede aguantar todo lo que le digan sin inmutarse. En otras palabras, lo que comúnmente se llama “ bonachón”.
- Pues – dije sin rodeos aunque todavía con miedo de lo que pudiera pensar – me gustaría saber por qué no se queja ante el príncipe de que le está haciendo trabajar demasiado. La mayoría de la corte está de acuerdo conmigo; e incluso, algunos pensamos que podría peligrar su salud. Por eso debe hablar con él. El príncipe nunca toma una decisión sin consultar antes con la corte, nosotros lo apoyaremos y, por lo tanto, no tomaría represalias contra usted.
Se quedó un rato observándome y, por un momento, pensé que me estaba estudiando. Luego se volvió hacia la ventana otra vez y permaneció allí estático, quieto, inmutable. Para mí, cada segundo que pasaba me parecía un eterno tormento, pues temía haberlo enfadado. Pero, cuando estaba a punto de irme en silencio para no molestarlo, dijo sin volverse y con una voz profunda:
- ¿Le gusta mi música?
- Sí, me encanta – respondí.
- ¿Y las obras que he compuesto aquí? – insistió.
- Son exquisitas.
- Pues entonces, ¿cómo puede pedirme que le diga al príncipe Leopold que me está obligando a trabajar mucho si el resultado son “exquisiteces”?
- Porque tanto trabajo es insoportable para cualquiera.
- ¿Ha visto que me haya quejado alguna vez? – me preguntó clavando su mirada en mis ojos.
- No, pero debe ser que tiene miedo de que el príncipe le deje sin trabajo.
- Acepté este trabajo voluntariamente, teniendo conciencia de lo que el príncipe me iba a exigir.
- ¿Y cómo lo pudo aceptar? No me cabe en la cabeza. Pienso que a usted le gustaría componer otro tipo de obras.
- Muchacho, en la música lo importante es expresar lo que sientes, mostrar tu alma al mundo. Sentir y hacer sentir. Eso es lo que verdaderamente importa.
A lo largo de la conversación había ido adquiriendo un aire de solemnidad, hasta tal punto que sus últimas palabras me parecieron que formaban parte de un discurso. Después de un pequeño silencio añadió:
- ¿Sabe música?
- No mucho.
- Ahora lo entiendo. Mire, si supiera lo que es la música no podría decir eso. De hecho, le daría las gracias al príncipe por exigirme tanto. En definitiva, él sólo busca en mi obra lo que quizás le gustaría expresar él mismo.
- Yo nunca le daría las gracias por hacerlo trabajar de esa manera. Y, aunque supiera mucho de música y tocara a la perfección algún instrumento, tampoco lo entendería. Le apuesto lo que sea.
- ¿Lo que sea?, muy bien. Le apuesto un favor a que no dice lo mismo cuando aprenda a tocar y a componer.
- ¿Un favor? – pregunté intrigado.
- Sí. Si yo gano, usted me tiene que hacer un favor y, si gana usted, puede pedirme el favor que quiera.
- Acepto la apuesta, aunque no se quién me va enseñar.
- Yo mismo.
- Pero ¿cómo? Ya tiene un montón de trabajo con el príncipe y encima me tiene que enseñar a tocar un instrumento. No. De ninguna manera.
Mi maestro llamó a su mujer y le pidió que llamara a sus hijos. Eran muchos, varios niños y niñas. La mujer apareció con un recién nacido en los brazos y rodeada de dos pequeños que apenas andaban, otro que aún no lo hacía y otros que jugueteaban a su lado. El maestro se dirigió a su primogénito varón y le hizo una señal para que se acercase. Éste se adelantó de la fila que había formado con sus hermanos.
- Wilhelm, dile a éste señor cuántos años tienes. – le ordenó.
- Tengo siete años – respondió.
- Y, ¿cuántos instrumentos sabes tocar?
- Dos, el clavicordio y el violín.
- ¿Y, tus hermanos y hermanas?
- El clavicordio y otro más.
- Ves, - dijo dirigiéndose a mí. – si estos niños ya saben tocar, tú también puedes. Bueno, empezaremos la primera lección de clavicordio. Lo primero...
III
Debo reconocer que estos tres años han sido estupendos y, muy a mi pesar, he de reconocer de que estaba equivocado con respecto a la música. He descubierto que el componer es como un medio para comunicarse con lo sobrenatural, de sentir y hacer sentir. Lo de menos es quién te paga por componer una obra, lo importante es mostrar tu alma en cada composición. Por eso, hoy, después de tres años, estoy aquí, en el estudio de mi maestro. He venido a pagar la deuda que tengo con él y, mientras espero, me pregunto qué favor me irá a pedir. Observé que se abría la puerta muy despacio y vi cómo se dibujaba su figura en el quicio. Estaba sonriendo y con cierta cordialidad dijo:
- Sebastian, llámame Sebastian.
- Maestro Bach, yo...
- Te pido de favor que me llames Sebastian.
Este cuento participó en el Concurso Literario del Teobaldo Power 2006-2007 de verano, llevándose un segundo premio, y fue presentado para el I Concurso de Jóvenes Lectores Europeos del 2007, llevándose una mención especial
1 comentario:
me gustan tus cuentois Carlos
felicidades de parte de ale lemus PV
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